



Está obra fue bautizada bajo el nombre de "The melting men" armada por 1000 piezas escultóricas hechas con hielo y con referencia a la figura humana. El criterio usado para la escogencia del material no es otra cosa sino el máximo acercamiento a la idea de realidad. El hielo que da pie a las figuras humanas podría ser, bajo su moldura artística, el material que le da reconocimiento a los polos, siendo estos, a su vez, medidores justos del calentamiento global. Así, el material de esta obra es relevante en cuanto se mire como el simple reflejo de un mundo natural, con unos efectos para nosotros que están a muy pocos pasos y con un desenlace similar al de la obra.
Desde cierto ángulo "The melting men" registra cierta afinidad con algunos preceptos del movimiento artístico Land Art desarrollado en los años sesenta del siglo XX en Estados Unidos y parte de Europa, no sucede lo mismo en su procedimiento, y menos aún en sus consecuencias. Sin embargo, algunos de los impulsos de aquel movimiento insisten bajo algunas de sus inflexiones en esta obra. Así tenemos que lo ocurrido en el paisaje es lo importante, siempre es el referente. En este sentido, el arte corre en dirección opuesta a su propio reino alejándose de las cuestiones sobre sí mismo. Una salida que incluye, además, la despedida a los espacios museísticos y a toda concepción tradicional de hacer y afrontar un producto estético. A pesar de esto, el resultado de Azevedo es singular con respecto al producto surgido del Land Art. No altera ni interviene un paisaje natural, pero la alegoría de un mundo natural interviene la cotidianidad de una pequeña plaza en la vasta geografía alemana, con ecos a través de su registro, en muchos territorios del planeta.
Sabemos sin sombra de duda que el retrato que hacía Azevedo de los polos el pasado 4 de septiembre puede ser fácilmente, bajo una correlación lógica, el dibujo mimético del Pico Bolívar; la evidencia en Alemania, de una Mérida que de forma vertiginosa va perdiendo sus encantos climáticos y los adjetivos con que fue bautizada y que ahora pasan a las causas de la nostalgia. Por ende, The Melting Men le toca en suerte un discurso universal que, como toda operación estética, indaga sobre un tema ya trabajado sin pretensiones en el ámbito del contenido, salvo el de comunicarlo.
Es manifiesto que esta obra se maneja por veredas contrarias a la noción clásica que aún perdura de escultura, la cual todavía alienta un oficio creador de monumentos, o en otra instancia, de práctica autorreflexiva. Sin embargo, ya es natural a estas alturas de la historia encontrar este tipo de propuestas indicándonos con su juego la imposibilidad de cercarnos a un género bien definido. Parafraseando al teórico Rosalind Krauss esto es “un arte extendido”. Expandiendo el término y las acepciones de escultura a extremos inimaginados y terrenos impensables. Y es que este panorama bajo estas propuestas no es otra cosa que la llamada democratización del arte que va dejando atrás fervorosamente sus restricciones metafísicas o sublimes tan propias de los postulados Kantianos y de la naturaleza romántica en beneficio de un producto con un evidente mensaje político, con un tono utilitario en cuanto la obra se ve como puente a la denuncia.









