
Hay obras en que el material que sirve de pedestal y materia prima para darle tridimensionalidad a una idea es el símil de lo verdadero. Por los efectos de esta cualidad la obra adquiere una naturaleza de presentación antes que simple representación. Como el caso de Nele Azevedo sus objetos estéticos en realidad presentan un hecho externo, concreto, mirado desde un ángulo ajeno, más que la seducción de un universo íntimo por medio de “material pobre”.
En el año 2008 en los recintos de La Galería Periférico Arte Contemporáneo la artista Marina Buminov parece establecer una correspondencia con lo antes mencionado. La obra se presentó bajo el título El Rancho de Chocolate (1,15 x 80 x 90 cms). Básicamente la pieza corresponde a lo que denota el título: la maqueta de una tipología arquitectónica hecha, sobre todo, con 80 kg de chocolate. El conocido alimento que atenta contra los cabizbajos estados de ánimo, en estas circunstancias, sirvió de material para exteriorizar una forma de vivienda que es a la par un costado de la realidad venezolana.
Quizá para un espectador venezolano la obra tenga un referente más claro. Los ranchos no son otra cosa sino el techo precario de los desprovistos de cualquier lujo o, a veces, de cualquier tipo de servicio básico, el símbolo de la pobreza material, los pequeños y severos universos que conforman la extraña y cruel constelación de los citados cerros y barriadas populares, la negación de la arquitectura más básica que intenta crear en sus limitaciones una atmosfera familiar y de protección ante las más disimiles adversidades, logrando los más variados resultados. En fin, son edificaciones cuyo sentido responden a un complejo trasfondo social y político, a simples errores, y a la imposibilidad en un sector de la ciudad, en especial Caracas, de la llamada modernidad en una de sus caras: la modernización.
Ante este panorama ruinoso y adverso la obra de Buminov emerge como un deseo, incluso como un anhelo taciturno y colectivo. El recurso que utiliza es la construcción de una casa-rancho a base de chocolate. Una obra, cuyo final es ser devorada, comida y degustada. Pareciera ser un juego cuyo relieve es enfrentar sin pretextos una realidad bajo otros ojos, tomarla con un sabor distinto al amargo que la caracteriza. Para ello utiliza el chocolate, el sabor de la sonrisa, para atraer al espectador y unirlos en un solo deseo: el engullir esa casa y quizá el significado que hay detrás de ella; un acto degustativo equiparable al de devorar y acabar con un tipo de realidad. Un deseo de muchos.
En principio, la obra está presente como una imagen que no sabe quejarse, pero que pone de manifiesto, de manera indirecta, una desconocida voz de denuncia a la par de una reacción venida de un anhelo de apartar ese escenario deplorable del horizonte. Aunque el campo de influencia de la obra no llegue a la acción, como es previsible (o posible), el cometido que alcanza, más evidente, va más allá de una simple admiración y contemplación de la misma. En este caso, entre otras virtudes de la muestra, el orden estético incluye el olvidado sentido del sabor.








