viernes 3 de febrero de 2012

Murcof: atento al sonido


Hubo un tiempo de adicción a la propuesta musical de Erik Truffaz, no había descanso para sus discos que en cadena conformaban la unánime banda sonora de mí día a día, perfilando en su insistencia un núcleo sonoro de donde nacían bifurcaciones que se conectaban y comunicaban con músicas afines. Una de esas ramificaciones me llevó a conocer el particular arte sonoro de Murcof.

De Murcof supe que era mexicano y que su verdadero nombre es Fernando Corona con un trabajo musical comenzado en 1988 siempre inclinado al ámbito electrónico, tiene un disco en compañía de Truffaz llamado México y un tema bajo la misma sociedad con el cual lo conocería: Singh. Mi iniciación en su mundo fue con The Versailles Sessions (2005), su quinta producción como solista. Un disco igualmente adictivo por su exploración sonora más allá de las composiciones tradicionales, el sonido trabajado en su más vasto campo, atento al detalle, a lo mínimo, características que requieren y exigen un momento de atención, de escucha atenta. Pero no emplea cualquier clase de sonido o ruido, en sus composiciones hay reminiscencias de cadencias propias del siglo XVIII y de la música clásica, pero revisitadas, intervenidas con la orquesta electrónica.

Es música que en su minimalismo, serialidad, coqueteo con el silencio, respiración parsimoniosa lleva complejidad y adhesión. Con menos hace más, quizás, porque detrás del conjunto de temas hay concepto, una idea cuyos límites en vez de restringir exigen menos dispersión. Seis temas recorridos por un sentimiento de misterio y sugerencia, dejado al oyente la oportunidad de seguir la trama, el drama, la lluvia de imágenes que devienen como consecuencia.









domingo 8 de enero de 2012

Alejandro Bruzual y su viaje con Aldebarán


imagen de la película El Libertino

“Dios tenga piedad de los errantes

y que el agua brutal de sus ánforas se torne en vino”

Luis E. Belmonte

En el libro Aldebarán y otros poemas (2008, Caracas: El perro y la rana) su autor, Alejandro Bruzual, en primera instancia, nos avisa, construye y desarrolla el destino de su héroe, o antihéroe, según la perspectiva que lo mire. Aldebarán es figura humana e imagen legendaria a un tiempo, contradictorio, ambiguo, frágil y guerrero, luchador y creador, es el retrato de un amante y errante quien enfrenta una ventura en ocasiones teñida de fatalismo “todo estaba en ti / desde siempre / destruido”. Pero que avanza, sigue en su misión aunque no sea muy clara. Aldebarán también es la primera porción del libro, un segmento unido por tres momentos que aclaran la condición del personaje. La primera parte que inaugura el poemario dice:

“Aldebarán

Renuncia a su posición de la corte.

Recoge sus instrumentos.

Reúne sus animales amaestrados.

Y parte,

con una canción de amor

que todos creyeron en contra suya”

Y así, el viaje comienza, hacía lo externo y vía introspectiva, en un mundo movido por la pasión, lo sensual como impulso: punto de partida y de encuentro. Por tal razón, es válido convocar el adjetivo erótico, pues es uno de los temas que recorre muchos textos y que mantiene junto al motivo del viaje la unidad en esta primera parte del libro. Es una nota constante la adoración a la figura femenina y sus múltiples encantos, por eso, este personaje, se reconoce en el desplazamiento y el placer y las consecuencias que debe afrontar cualquier devoto del hedonismo. Crónica de los sentidos que si bien nos pueden engañar sus ficciones son inagotables y deseadas. Como se ve, la imagen al inicio del libro es la prefiguración de la obra completa, la de Aldebarán. “Sin más explicaciones / partiste a cultivar flores / bajo la piel de tus amantes / coleccionando / las monedas de bronce de sus pezones / bebiendo ron / en la copa mínima de sus ombligos”

Son textos de una musicalidad serena, sin humo que la complique ni le opaque la emergencia comunicativa. Hay claridad, donde lo gráfico y textual están en equilibrio, la puesta de los versos en el espacio es una manera de que el texto respire y exija al lector pausa y silencios en su paseo. Con esa economía de recursos busca que cada poema sea una gran metáfora, que principio y fin del poema se den la mano y quede resonando el eco del último verso.

Pero Aldebarán no es el único personaje del libro, pues, como reza el título, hay otros poemas, estos son: Soledad de Batelero y Sulamita. Dos segmentos que dirigen sus propuestas a espacios dispares, pero que también comparten con la primera parte del poemario la vida de personajes definidos y la presencia recurrente del perfil femenino, también bajo un tratamiento formal legible, sin abuso de giros retóricos. Es decir, aunque existan tres secciones autónomas hay cadena, comunicación en varios puntos, esto es, una voz definida en distintos momentos.


"5

Condenado

a vagar

por los contornos

de la miseria

con norte de fuego

Caminando sobre necrópolis secretas

que te esperaban

sin saberlo

Sin entender los lenguajes

que corresponden

a tu cargo

sin recordar la seña

sin saber

a qué puerto

dirigir los remos

desterrado

en la cifra de tu edad

cuántas veces

treinta años

no circunciso

Descubres

que llevas piedras sobre los hombros

y tienen los codos

gastados

en mesas ajenas

donde nadie conoce tu origen

sin poderte defender

sin articular palabras

porque no sabes

dónde

dónde

podrá cobrar sentido

el absurdo

paisaje de tu destino”.


“19

Qué esfuerzo terrible

el de zarpar

con mal viento

arrastrar itinerarios

sin poder

siquiera

interpretar

el orden que conduce tu paso

no sabes de otros rumbos

ni de ilusiones

y sin embargo

escondes

callado

musgo y algas bajo tus brazos

y vas

decidido

buscando un túmulo

en dirección de proa

porque

de donde partiste

nunca

nunca más

un navegante de tus años podría volver”.

lunes 26 de diciembre de 2011

Sólo el amor salvará al mundo



Hace un par de años aproximadamente estaba en uno de los trenes que ayudan al movimiento de la ciudad de Buenos Aires en un día que parecía traer, para los habitantes de la zona, un paisaje cotidiano que de tanto mirar ya no se ve, con sus actividades recurrentes y sus movimientos previsibles, no para mí que por no ser del lugar miraba con ojos nuevos, y allí tuve la dicha y el placer de toparme con uno de esos seres que rompen con el habito y dejan una huella que bien podríamos llamar luminosa como amorosa. Un antes y un después en el trayecto de una jornada.

El personaje en cuestión estaba armado con un bandoneón y con un mensaje que no se cansaba de lanzar a los cuatro vientos: “sólo el amor salvará al mundo”, --decía--. Un hombre con una información clara y necesaria, pero olvidada por muchos, un señor que recuerda y comparte su visión con aquellos capaz de detenerse un momento en medio de un escenario donde, aunque parezca inverosímil, se desarrollan tramas que apuntan a lo que verdaderamente importa. Ya el gran Rilke lo había dicho “Si su cotidianidad le parece pobre, cúlpese a sí mismo, dígase que no es lo suficientemente poeta para hacer que sus riquezas vengan a usted; pues para los creadores no hay pobreza ni lugares pobres, comunes”. Aquel viaje y aquel hombre con aquella frase y la música que le seguía como estandarte lo que hacía era confirmar el significado de lo que hablaba el poeta Rilke.

Luego, un año después, por “casualidad” viendo los cortometrajes seleccionados para la muestra del Premio Regional Andino de Cine Documental Documenta 2009 vi un título que me resultaba familiar: “Sólo el amor salvará al mundo”. El director: Ricardo Armas Galindo, otro venezolano en tierra argentinas, se topó con el mismo mensaje, la misma sorpresa en aquel medio de transporte público y para alegría de muchos realizó lo que él llama una película artesanal que no es sino el rescate de aquel momento en aquel viaje distinto. Un gesto que Jhon Cage o Georges Maciunas, pioneros del Fluxus y el Happening respectivamente hubiesen aplaudido, por estar sintonizado en algún punto con aquellas formas artísticas inauguradas a mitad del siglo pasado cuando el objeto tradicional del arte, un cuadro o escultura, fue considerado como insuficiente para representar la realidad. Mostar la vida cotidiana como objeto de arte fue la propuesta de este par de autores y la esencia del cortometraje de Armas Galindo. En otras palabras, lo que hizo Cage, Maciunas y el señor del tren es intervenir la realidad y crear un estremecimiento en el corazón de la costumbre con más realidad, con un mensaje que contribuye a un mundo otro, más rico, vivo, mejor quizás.

lunes 5 de diciembre de 2011

Submarino: Música de altura


La primera vez que escuché la banda Submarino fue en el disco: Tributo Lo-Fi SM (2002). En esta compilación sonora que pasea por las más heterogéneas propuestas musicales, revisitando y valorando el legado de una de las bandas relieve dentro del rock venezolano como lo fue Sentimiento Muerto, se encuentra la versión de Circo Cruel de Submarino. Posteriormente, en el disco Chillout Venezuela (2004), que presenta una antología de temas donde el elemento electrónico y el ritmo parsimonioso crean una unidad cadenciosa sin dejar de subrayar los aportes de cada banda, se encuentra el tema Ánima de Submarino. En ambos casos, hubo una reacción híbrida entre la sorpresa y el prejuicio; la primera, porque escuchaba una banda con una identidad y calidad musical sin par e indiscutible; y la segunda, debido a que ya había escuchando comentarios positivos de ellos, de hecho conocía la noticia de que habían ganado el X Festival Nuevas Bandas (2000) junto a Candy 66; y, aún más, por amigos quienes habían visto la agrupación en vivo y con entusiasmo defendían y apoyaban su producto musical.

Soy de Mérida, región andina de Venezuela, lugar de montañas, frío y un ritmo e idiosincrasia distintivo y llamativo con respecto a los otros territorios del territorio nacional. Mi familia ancla sus raíces en una población perteneciente a una zona llamada Pueblos del Sur, localidad ubicada montaña adentro y realidad paralela a los sobresaltos y agitación de la ciudad. En un viaje de visita a ese lugar imaginaba escuchar una música conectada con el espectáculo visual del paisaje. Revisando los discos que tenía a mano me topé con el primer trabajo de Submarino titulado con el mismo nombre de la banda (2001) e integrado por Andrés Sosa (voz, guitarra, programación, órgano), Rafael López Garnica (batería, coros, programación) y César Sosa (bajo). Luego de aquel par y decisivos encuentros arriba descritos conseguí el material y ya hacía tiempo que venía escuchando este disco y con cada vuelta confirmaba la impresión que el grupo me había producido por vez primera, que su propuesta es una voz distintiva y de alta calidad dentro del panorama del rock nacional. Aquella vez, sin duda, la escogí como banda sonora del viaje.

El primero de los ocho temas empezaron a sonar, otra vez, mientras el vehículo maniobrando las curvas subía la montaña, un producto musical que muestra los diferentes tonos de un mismo color sonoro mezcla de Rock y Trip Hop. Su contundencia no es el alarido ni la violencia en sus guitarras, al contrario, su fuerza es delicada, es manifiesta una creación de atmosferas hipnóticas antes que una distorsión que se limite sólo a llamar la atención, pero sin contenido. Música que se alimenta de la reiteración en la ejecución de sus instrumentos, creando un movimiento lánguido pero con suficiente efectos al escucharlos. A diferencia de otras propuestas que buscan fusión con el género Rock como centro, en Submarino existe la inusual armonía entre letra y melodía, no aparece ese desnivel tan conocido por subordinar las liricas a los ritmos. Recuerdo el tema Ánima: Ya me he perdido / Tiembla, latidos / Cae la noche y me acorrala / Y me baña en azules recuerdos / Los ojos cristales en diluvios / Los sueños teñidos en ayer”, mientras el frío acrecentaba y la neblina con su parsimonioso ritmo iba envolviendo todo. Sin duda, es la banda sonora apropiada para el contexto del viaje, externo e interno. Es analogía que no resulta abiertamente explicita entre lo que se oye y lo que se ve, pero esa mecánica cautelosa con que se identifica y se mueve cada tema tiene un tempo característico de una parte de esta región geográfica. De hecho, parte del veredicto al ganar el festival Nuevas Bandas hablaba de “un arquetipo de la escena rítmica pop y rock andina”.

Submarino al igual que otros grupos del territorio, arropados bajo ese proyecto denominado Los Andes Electrónicos, registran afinidades y parecieran generar un movimiento y con ello desdibujar voluntariamente los límites que constriñen el rock nacional, abren una alternativa que comienza por la asimilación de un género musical establecido en Europa, pero con un acento local. Atenta contra una idea de ver al Rock como fondo musical y le otorga una dimensión más compleja y elaborada, que pide de su interlocutor pausa y atención, o, incluso, analogía con un paisaje especifico. La imagen de un panorama como el de aquel viaje reclamaba un consanguíneo que también mostrara evanescencia de formas, ambigüedad y cierto gesto contemplativo, pues, Submarino, en todo caso, también fomenta una realidad otra.

Disco en: http://submarino.bandcamp.com/

sábado 3 de diciembre de 2011

Gerardo Avendaño y su boda pueblerina

En aquel tiempo, por un extraño e insistente padecimiento en mi piel, iba todos los jueves al hospital de la ciudad. La ruta que unía mi casa con el centro de salud tenía más de una hora de viaje y ocupó todos los jueves de un par de meses. Por ser un ente público, la cita con el dermatólogo implicaba dormir menos de lo acostumbrado, madrugar y con chaqueta negra, bufanda y restos de sueño pegado a los ojos ir a esperar como un número el ansiado llamado que curaría mi malestar. Pero en uno de aquellos jueves al llegar al hospital me sorprendió ver una serie de imágenes artísticas dispuestas en una de las paredes ubicadas justo al frente de la entrada. Era curioso que el curador de aquella presentación visual eligiera un sitio que si bien disponía de asientos para esperar y, ahora, paralelamente, ejercer el extraño y olvidado gesto de la contemplación, también era zona de tránsito y un agitado movimiento de personas cuyos móviles, en muchos casos, posiblemente fueran la angustia y el estrés.

Me sorprendió, pero también reconocí que se trataba de la Colección Presidencial Gráficas Venezolanas, una propuesta expositiva fija que recogía diversos e impares artistas del país para divulgar sus obras a través de reproducciones en ambientes tan insólitos como concurridos. Una forma de recordar la vigente “Teoría de las ventanas rotas” y también de llamar la atención del público no especializado avisándole de las heterogéneas propuestas de nuestros artistas plásticos.

El primer lugar donde vi la muestra fue en la Biblioteca Pública Simón Bolívar y en ella descubrí la maravillosa obra de Jonidel Mendoza, en el hospital, luego de que me apuntaran en el grueso cuaderno de gente enferma, recibiera mi respectivo numero y me sentara a esperar descubrí una pintura que, en medio de gente vestida de blanco, gente llorando y personas corriendo, miré por largo rato. Era la obra de Gerardo Avendaño: Boda pueblerina (2007). Dos consecuencias aparecieron aquel día, primeramente que el hecho de haber pasado un tiempo considerable en aquel recinto desembocaría en un texto que intentaba reflejar esa experiencia y del cual sólo quedaron unas breves líneas:

La figura de este banco

se adaptó a la postura de la desesperación

ha visto el sonido de las lágrimas

que son tan estremecedoras antes de estrellarse

en ese suelo que nos espera.

Esta banca desteñida sabe lo que es pedir

usar las palabras justas frente al aviso:

“Silencio. Sala de espera”.

Por otro lado, nació una vuelta y revisión de la imagen que me había llamado la atención. Con esta obra recordé aquel postulado de la Teoría de la percepción defendida por Ernest Gombrich donde explicaba que cualquier tipo de representación por más que se inclinara a la mimesis de la realidad era una aproximación a lo visto, nunca un calco fiel debido a la complejidad y diversidad de aristas de los referentes físicos. Por tanto, la pintura no sólo obedecía al impulso de la vista, sino, y aún más, al conocimiento. Se pinta lo que se conoce, las ideas que la tradición nos ha hecho ver sobre el mundo y esto es una manera de acercarse a la realidad.

En Boda pueblerina las formas a las que alude tienen que ver con la posición espiritual del autor y no sólo con el hecho de ver. La visión y registro de la realidad física se amalgama con el conocimiento de ésta para generar una exploración plástica. Los colores y valores formales en su totalidad, por tanto, generan un clima recurrente en obras populares o del arte outsider, pero es una subjetividad que agrega una nueva arista de la realidad visual. Boda pueblerina es un trabajo que hermana dos mundos, el del autor y el referencial. Dos caminos que se entrecruzan, la visión individual puesta en trazos y colores que señalan un pueblo con habitantes muy semejantes entre si y la exhibición de una cultura específica, su idiosincrasia, con elementos, quizás, valorados en conjunto: la iglesia, el restaurant, la posada, el taxi y el comercio.

Si bien no reconocía con exactitud el lugar al que se refería el autor era evidente que formaba parte del tejido social venezolano, algunos de sus signos recurrentes. Bastaba que saliera al centro del pueblo donde vivo para encontrar los mismos relieves: montañas, posadas, iglesias, taxis y comercio. Incluso la tendencia a cierta uniformidad de sus habitantes en sus acentos, gestos y vestimentas. Sin embargo, había un elemento dentro del cuadro que si bien tenía un referente conocido su forma representada era maravillosa y distintiva y, también, como en la “vida real” me provocaba simpatía, es el perro negro que parece estar más vivo que los demás personajes.

jueves 17 de noviembre de 2011

Marosa Di Giorgio: rezadora

24

Mi oficio: rezadora.

Mamá me sacó de adentro de un manzano. De arriba de una manzana redonda y blanca que pendía de una rama. Yo era oscura, tornasol. Y levantaba la pata hacia Dios. Y mamá dijo: -Ven aquí, recitadora. Y me tomó como hija, me llevó a casa, me entregó a papá, las tías, a la hermana y a las primas, que, al mirarme de reojo, me quisieron y hasta enclavaron un pequeño teatro en mitad de la cocina, del comedor y de la mesa, para que prosiguiese mis murmurio y oración. Y yo representaba a la caída de la tarde, entre retamas, en el silencio, o sobre el almohadón de gatos.

Hoy, en mi frágil cabeza hay un brillante. Papá ya no está.

La prima se fue lejos.

Mi hermana tiene una hija.

Mamá me mira.

Y yo,

rezo.

Extraído de: Los papeles salvajes II (1991) Montevideo: Arca ediciones.