Lo primero que leí del autor venezolano Francisco Massiani (Caracas, 1944) fue el cuento “Un regalo para Julia”, a quince años de su reedición. Recuerdo el placer de aquella lectura por la escena imborrable que formé como un joven riéndose solo, casi carcajeando frente a un cartel que decía en letras oscuras y grandes: SILENCIO. Fue allí, en la Biblioteca Pública Simón Bolívar donde conocí al señor Massiani, he allí la primera impresión y el comienzo de ese insólito vínculo afectivo entre autor-lector, sin que exista, al menos, un tropiezo casual entre persona y persona. Luego me enteré que era autor de una de las obras más conocidas del panorama literario venezolano: Piedra de mar (1968) que ya tenía veinte siete años de vida y centenares de lectores y comentadores. Me prometí leerla, pero antes le seguí las huellas a sus cuentos por querer sumergirme de nuevo en una órbita que le pertenece más a la literatura oral, al arte del monólogo y su efectiva capacidad de envolver al oyente. El director Juan Carlos Carrano me hizo recordar esa magia de la palabra hablada y, aún más, del arte de Massiani en su cortometraje-entrevista-monólogo llamado El día que no conocí a Cortázar (2010). Quizás una intención de este corto sea evidenciar el don narrativo del autor y la imposibilidad de cercenar arte y vida en planos diferentes. Anécdota literaria como literatura, pero también resumen de su hablante contradictorio. Refleja al escritor y muestra al hombre, demasiado humano, subyugado por las dudas y el temor. Es el reverso de la figura pública, las pasiones detrás de cámaras. Si con “Un regalo para Julia” reía descontroladamente con este corto se llega a su extremo opuesto y uno comprendiendo hace silencio. No defiendo la idea de la emergencia comunicativa en una obra literaria, pero, en este caso, con un lenguaje llano y libre de mañas artificiosas, pero pletórico de ánimo se llega a la expresión, a una conmovedora comunicación.
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