
11
Prehistoria. Mi madre decía: pero ¿cómo vinimos a
dar a esta chacra!...
Y ponía en esas palabras un acento inimitable.
Teníamos miedo de que entrara un río a la cueva
o algún animal.
Volaban unos gigantescos caballos fulgurantes.
Teníamos diversos focos prendidos; en la cola y por el
lomo.
Hacían estrépito. Cuando se unían en lo alto
llovían piedras preciosas.
Recordábamos la vida anterior a través de neblí-
nas. Mi hermana, mi padre, abuelos y demás fami-
liares.
Nos había tocado a mi madre y a mí mudarnos a
la Prehistoria!
Entretanto se acercó la edad de desovar, de forni-
car y de empollar.
Mi madre hacía que no veía, pero hasta en sue-
ños tenía inquietud.
Yo seguía ayudándola a encontrar huevos, que
partíamos con una piedra hasta que saltara la yema,
verde tal la hierba. Y también comíamos de una flor:
crecía grande como una campana, como una sába-
na, como una carpa. La picoteábamos a toda hora.
Acepte a un ser no muy grande; me husmeaba des-
de las primeras menstruaciones. Era color záfiro, som-
brío, informe, con forma de cono.
Recuerdo el día inicial, cuando nos metimos en el
hueco de un tronco, y nos enlazamos a copular.
Mi madre, a lo lejos, daba un silbo.
Era una copulación profusa, infinita. Pasamos ho-
ras así, y días. Yo daba a entender que seguiría toda
la vida, así. Eso deseaba.
Pero, una mañana, él se desprendió de a poco,
descendió del árbol, y rápidamente, quedó peque-
ño, del tamaño de un dedal, y vi cómo se escondía
adentro de la tierra. Sin salir jamás.
29
Cazaron varios ángeles. Casi al fin de la tarde.
En rara ocasión caían tantos.
Por lo general era de uno.
Los preparaban; se hervían con facilidad. También
vimos en la red, cardenales, picaflores, y un canario.
Pero todos ansiaban comer, participar, de los ángeles.
-Son ardorosos –dijo alguien en la penumbra-.
Hay experiencia.
Y semejaba querer decir: Tengo mucha experien-
cia con ellos.
Les hervían con pelo, y a algunos dejaban un poco
de pelo.
Les quitaban, con una palita y una aguja, el sexo. Que
parecía hecho con puntillas. El sexo entre las piernas de
los ángeles. Aunque algunos lo tenían en la espalda, como
un menudo nardo, en la cabeza o en la cara.
El sexo poseía un perfume atractivo, que daba
mucha ansiedad. El pequeño sexo temblaba y se
entreabría y giraba sobre sí mismo, como dicien-
Do: -yo soy. Aquí Es. Es aquí.
Caia la tarde cuando cazaron los ángeles. Al últi-
mo resplandor los trajeron.
Textos tomados de Rosa mística: relatos eróticos. Interzona editores, 2005.
------------------------------------------
imagen: Nilda Rosemberg. instalación flores de papel sobre paredes de tul I. 2007
4 comentarios:
Encontrar un blog en donde el autor publique dos poemas de marosa es un acto a celebrar. He encontrado muy pocos. Celebro esto por Marosa la mejor poeta Uruguaya por siempre y mi preferida. Celebro por tu blog muy bueno.
Saludos desde Uruguay.
Qué suerte haber tropezado con tu blog.
Estos dos poemas de Marosa me movieron mucho. Y de resto, veo que sigues todo tipo de manifestaciones artísticas,y te aplaudo por eso. Tienes fotos interesantísimas.
Acabo de abrir un blog donde comparto mis trabajos de poesía, artes plásticas y performance. Sería genial que me visitaras un día.
Un saludo desde Caracas.
Muchas gracias por tu mensaje en mi blog, hace tanto no entraba que no lo había visto, tengo a mi blog abandonado. Vives en Venezuela.... ya quisiera ir por ahí. Conocí un maestro de teatro que vive en Caracas, el dió un curso en Buenos Aires y yo viajé para allá, la experiencia fué increíble, inolvidable. El sigue viviendo en Venezuela y trato de traerlo para aquí a dar su curso, conseguir apoyo económico, nada fácil. En fin... te conté todo esto porque Venezuela aparece y hace magia. Un abrazo!!! Hasta pronto.
Bellísima selección.
Pasaré por el blog.
Saludos.
Publicar un comentario en la entrada