miércoles 20 de mayo de 2009

José Antonio Varela. La clase


Es el año de 1989 y Tita (Carolina Riveros) es una joven que (sobre) vive en un populoso barrio caraqueño. Ella anhela, entre otras cosas, llegar a ser el primer violín de una orquesta sinfónica. Detrás de ésta joven hay dos pretendientes: Yuri (Laureano Olivares) y Anselmo (Darío Soto); dos personajes extraídos de dos mundos desiguales, o lo que es igual de dos clases sociales dispares. Ambos admiradores hacen la función de símbolo y representan de la manera más verosímil los paradigmas de esos dos universos sociales. Tita, llevada por sus sentimientos, camina entre esos dos estratos: por un lado conquistar la música académica y por el otro sobrevivir a la aguda realidad de un territorio marginal. La clase (2007) es una historia de amor pero también, a la par, admite mirarse como una recreación de una época y de un acontecimiento importante para la historia de Venezuela: El Caracazo. Esta película es la opera prima del director José Antonio Varela quién intenta mostrar el conflicto interno y las contradicciones de Tita, la violinista, la hija, la profesora, la alumna y la amiga sin dejar exento el mundo circulante.

Es fácil imaginar con este preámbulo un público alistándose y armándose con los viejos y vigentes prejuicios sobre el cine venezolano. La sinopsis quizá contribuye con este efecto; la redundante historia que hace brillar la “realidad social” levantada, construida y mantenida a partir de la pobreza, la delincuencia, la violencia y la carencia de un sector de la población. Ese constante motivo ha cansado paulatinamente a una parte del público y ha hecho del medio un trabajo previsible, canónico algunas veces.

Sin embargo, ese cansancio temático puede verse en la mirada de Tita, el personaje principal, quién, gracias a la música, a una amiga y a un pretendiente (Anselmo) ha podido despegarse considerablemente del medio hostil donde se desarrolla su vida cotidiana, a tal punto de cuestionar toda aquella “normalidad” propia de un sector descuidado. Esa variable dentro del personaje, esas contradicciones, preguntas, incomodidades y luchas es lo que da sentido y vida a la película, así como una leve novedad.

La clase está construida bajo la conocida estructura convencional del melodrama. El contexto geográfico es evidente y exacto, pudiendo ser cualquiera de las barriadas caraqueñas. Ésta locación brilla en la mayor parte de la historia, pero esa geografía también es referente a la interpretación que hace el director del llamado Caracazo. La mirada de este episodio se hace desde la misma confusión y desconcierto de la gente del barrio. Los personajes son estereotipos que intentan exhibir la cercanía máxima con la realidad; la verosimilitud en este caso se lleva de los diálogos a las acciones negando cualquier rareza, sorpresa o incoherencia. El personaje principal (Tita) es la que muestra un quiebre, sin mucho bullicio, con respecto a los otros interpretes y a su manera arquetipal de accionar.

Quizá lo más significativo sea el conflicto interno de Tita. Por un lado, con el mundo que la vio crecer y ve desarrollar su cotidianidad. El ambiente lateral carente de servicios básicos y pletóricos de violencia conlleva paulatinamente a que Tita muestre rechazo por esa tierra. Ese sentimiento irá ganando terreno a medida que conoce otra realidad al otro lado de la misma ciudad. Varias escenas ilustran esta hipótesis, una de la más resaltante sucede mientras Tita, dentro de una iglesia, imparte clase de música a los niños del barrio. Esa actividad es interrumpida bruscamente por la acción de un delincuente que secuestra a los niños que andan en la clase escudándose así de las fuerzas del orden. Sin embargo, la madre del agresor actúa de mediadora y el mismo decide entregarse a la policía. Su entrega por otra parte es su muerte. Esa muerte afecta a Tita; a pesar de la horrible escena del secuestro, quién ve en el difunto a una persona frágil, adicta y rechazada. Casi un condenado. La policía también está corrompida y no es calco de protección. La negación de Tita de asistir al entierro se debe principalmente al caos que precede la ceremonia: decenas de motorizados, alguno de ellos armados disparando al aire y bebiendo vía al cementerio. Ante eso Tita prefiere irse al ensayo con la orquesta. Pero internamente ambos sucesos debaten y persisten: lo que vivió y el concierto.

Pero la molestia abarca también su hogar. Si bien su familia no muestra una hostilidad grave ante las actividades extra de Tita; la misma, ante otras necesidades más apremiantes, desvalora la música. El sonido del violín llega a molestar porque no permite escuchar la televisión. Son muchas las interrupciones al momento de ensayar y practicar lo que conlleva lógicamente a un bajo rendimiento en la ejecución de su instrumento. Ante ese ambiente hogareño y comunitario florece un obvio y esperado cansancio. Hay líneas en los diálogos de la protagonista que son contundentes y lo confirman: “¿Cuándo vamos a cambiar? (…)”; “todo el tiempo una peleadera, una gritadera” (…); “esto es el infierno, vivimos en el infierno” (…); “ustedes siempre con la misma mierda”.

Uno de los recursos empleados para narrar la historia es apelando a la muestra de esas dos realidades paralelamente. Esa dualidad externa hace comprensible la desarmonía de Tita y hace la película más llevadera por el ambiente de compensación. También nos hace reparar indirectamente en el autodescubrimiento del personaje, sobre sus anhelos y las circunstancias que lo rodean. Tangencialmente la historia va dejando ver uno de los proyectos que ha tenido éxito en el campo cultural venezolano como lo son las redes de orquestas infantiles y juveniles. Comunidades desfavorecidas socialmente han visto en la ejecución de la música una suerte de salvación al camino posible de la delincuencia o acción afín. Como alguna vez lo dijera Friedrich Schiller en su libro Cartas sobre la educación estética del hombre el arte hace humano al hombre, lo complementa. Tita parece encarnar esas utópicas ideas.

El contexto indirectamente apunta hacía la crisis de aquel momento. El malestar de Tita por las limitaciones y dificultades donde vive es a un tiempo la incomodidad que sienten muchos ciudadanos, salvo que estos últimos no se refugian en la música como un mundo alterno. Toda esta narración se va agotando y reduciendo a una fecha exacta: 27 de febrero de 1989, es decir a la baja de los precios del petróleo, el “paquete económico” en la presidencia de Carlos Andrés Pérez aunado a otras causas generaran una serie de protestas a nivel nacional, violencia, saqueos, y, sobre todo, muerte. La escena final concentra ese ambiente y resalta la muerte. El aturdimiento ante ese hecho marca a Tita y marca un brusco final en la historia que deja una rendija para que quizá hagamos conjeturas ante esa vida y la realidad que atiende. Lo cierto es que a través de este personaje y sus peculiares desarmonías, preguntas y miradas se va llegando a un escenario pletórico, aún más, de preguntas, angustias y molestias que dejó una huella en la historia reciente de Venezuela. Rescatar esa memoria colectiva y exhibir un mundo individual hasta el punto de fusionarlo parece una buena forma de decir algo y que La clase desea comunicar.

1 comentarios:

Asterión dijo...

Eso que señalás sobre las tendencias del cine venezolano, es quizá lo que ocurre (o ocurría) en gran parte del cine latinoamericano, y de seguro lo que ha ocurrido en Costa Rica: la insistencia en el elemento social, lo cual no está mal, claro, pero ha dejado siempre a tales obras en el terreno del panfleto.

El año pasado se estrenó en CR “El cielo rojo”, hecha con 4000 mil dólares, y más allá de todos sus problemas, es la primera vez que la película se acerca al tema urbano, de cuatro personajes jóvenes, sin más.

Esta reseña me deja con ganas de poder ver la cinta, lo cual ya sabemos resulta casi una utopía. En todo caso, gracias por acercarnos al cine venezolano a través de tus palabras.

Saludos.