
Ciudad Imaginaria (Monte Ávila, 2006) es un título que de inmediato nos enlaza intuitivamente a la dimensión y contenido del libro. La ciudad es el epicentro escogido por Gustavo Valle (Caracas, 1967) para construir a partir de ella un poemario donde la urbe penetra al transeúnte y observador, invitándolo a charlar y reflexionar sobre la marca que deja el espacio público. Para ello, el contenido de la obra está dividido en seis partes: ciudades, árboles, palabras, cuerpos, fantasmas y viajes; elementos que también entran y se enmarcan dentro de un espacio urbano e igualmente contribuyen a sostenerlo. Este es el terreno donde se mueve el poeta, la zona de encuentro y también desaciertos.
La influencia y la importancia de la urbe es notoria y al mismo tiempo, protagonista en la anchura de la mayoría de los textos, demostrando su autoridad como creadora de las condiciones para la vida, ese espacio que ofrece oportunidades para una situación social y económica, pero que también le (nos) exige alinearse a los cambios que usualmente vienen con la supervivencia de la metrópoli. Ante tal ritmo, surgen diversos encuentros con el poeta, entre ellos, el de sospecha y el de recelo, a tal punto de no comulgar completamente con la ciudad. Así lo ve el poeta quién, en ocasiones, no vive en ese espacio, tan solo existe, lo mira de lejos. La experiencia, por tanto, se desarrolla en una ciudad invisible, o en otro lugar imaginado. “Dijiste iré a otra ciudad, iré a otro mar/ y en efecto lo hiciste/ sin apenas salir de tu querida Alejandría” (p.82). La vida, entonces, puede caminar armónicamente en dos senderos, dos capitales hasta que la muerte inevitablemente une todo: “cuando muere una ciudad imaginaria/algo muere en la ciudad que vivimos” (p. 7)
Ese doble espacio recrea un panorama con uno de los padecimientos más redundantes del área citadina: la soledad; el aislamiento en mitad de la multitud, el no pertenecer a un lugar o el no verlo “siete o diez millones/de individuos lo acompañan/ (…) la soledad es el hogar de las ciudades” (p.12). Lo externo e interno coexisten en un sólo pulso pues, ese paisaje es reflejo; espejo del poeta. Pero éste en un motivo que también se halla en el mundo externo, siendo la calle el espejo del poeta. Las ruinas son ejemplo de ello, un símbolo de abandono y soledad, generador de angustias intimas, calcos quizá de aquellas que se generan en la calle.
El autor nos hace ver en estos territorios, más que el encierro de la cotidianidad en sus distintos niveles, que la urbe es un organismo vivo, dinámico, que perpetuamente andan en construcción y que puede alojarse dentro de uno cuando son visibles. De allí que mudarse o viajar no es el recurso último para cambiar la perspectiva. La ciudad –nos dice la voz poética- puede llevarse a todos lados. El título de un poema nos puede ilustrar eso: Caracas está en todas partes. También lo recalcan versos como: “Mi viaje es un espejismo/ la realidad es la fijeza” (p.75).
Pero no solo la ciudad en su totalidad acapara la hechura del libro. Existen elementos dentro de ellas que también son trabajados por el poeta como imágenes que construyen un lugar sin anclajes geográficos o temporales exactos. Los árboles son uno de esos elementos que salen de su línea marginal o de la sombra de la arquitectura para ser motivo de reflexión. “¿caminamos en los bosques o son los bosques/ junto a sus pájaros/ lo que oscurece en nosotros?” (p.27). Igual sucede con las palabras, el verbo que construye la realidad, el terreno, la ciudad; donde la voz poética se detiene a reflexionar en su arma y herramienta, a tal punto que declara “hay un tiempo para las palabras” (p.40)
Es así como todas las partes del libro celebran una armonía con el leiv motiv. Queda en evidencia una voz sostenida y contundente, la persistencia de una obsesión amalgamada con otros elementos de obvia factura humana y universal. Todo eso, en conjunto, registra la crisis de las ciudades, hecho que obligatoriamente toca la poesía que, entre otras cosas, exhibe el lado humano de tanto concreto. Comparto con ustedes otro textos de éste libro
CIUDAD IMAGINARIA
Cuando llueve sobre una ciudad imaginaria
sale el sol en la ciudad en que vivimos
sale la pelota a rebotar en el parque
sale el árbol a hablar con el nido
abren sus puertas todos los mercados
bulle en la taza la Grecca crepitante
hay algarabía en los balcones
un carnaval de perfumes en la plaza
la risa de la mujer al mediodía
roba de la iglesia la campana.
Cuando escampa en una ciudad imaginaria
llueve a cántaros en la ciudad en que vivimos
enormes ríos doblan calle abajo
paraguas amenazan orejas y retinas
algo como el destino en los charcos se dibuja
y en la casa de familia
un anciano frente a la estufa
navega en las aguas de su libro.
Cuando muere una ciudad imaginaria
algo muere en la ciudad en que vivimos
DÍA DESLAVADO
El día transcurrió sin darme cuenta.
En su canoa se deslizó como un fantasma
Deambulo solitario por las calles
Indiferente, magnífico.
En el equipaje de hombres desdichados
En la cola de un cometa nunca visto.
Pasó delante de mi casa
sin yo reconocerlo
sin apenas saludarme
EUCALIPTOS
No los eucaliptos
en lo alto de las ramas
bamboleadas por el aire
sino los que mi madre corta y seca
y acomoda en el envase
para darle a la sala
ese aroma en hojuelas
eso dócil
y pétreo
de los mustio.
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imagen: Ricardo Benaim. Hogar
2 comentarios:
Bien podríamos afirmar que el tema de la ciudad es inherente al poeta moderno, empezando por los "Pequeños poemas en prosa", de Baudelaire.
Suena muy bien esta reseña, y a falta de acceso al libro, me gustaría que pusieras alguno de los poemas de este poeta cuatrero.
Saludos.
con gusto amigo Gustavo pondré unos poemas para que disfrutes de ésta ciudad imaginaria. Saludos
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